Bendición

“Bendición” es el cuento que abre la antología. En él el autor homenajea a esa querida tierra gallega suya, cuna de curtidos marineros,  trabajadores endurecidos; tierra de extraño carácter teñido por la melancolía, el fatalismo, una cierta superstición y la sagrada fuerza de la vida. Tierra gallega que corre en parte por su sangre, que ama y echa de menos, como a sus gentes.

—Mira, no me voy a poner a filosofar. No te hablaré ni de convicciones, ni de principios. De esas cosas que son fundamentales y que los de tu edad os pasáis por la entrepierna. Solo te diré que exijo de mis trabajadores lo mismo que yo me exijo a mí mismo. Rectitud. Me considero una persona sana, sana de mente, de espíritu y de cuerpo. ¿Me entiendes? Rectitud.

No, no le entendía, pero su voz penetraba hasta la profundidad de su cerebro, lo aturdía, lo encantaba.

—Ajá —acertó a decir.

—Entonces ¿me aseguras que eres un tío sano? ¿Alguien en quien puedo confiar?

—Sí, señor.

El hombre le dio una palmada en el antebrazo.

—Así me gusta, rapaz. No me importa que seas un cabronazo, un bala perdida, mientras cumplas como Dios manda donde uno tiene que cumplir como un hombre de palabra; me acuerdo todavía de cuando yo tenía tu edad… —perdió el hilo y volvió a señalarle con un dedo—. Pero, hijo, no me decepciones. Deposito toda mi confianza en ti.

La voz martilleaba sus centros de atención con un ritmo preciso, la musicalidad disonante del no me decepciones le había hecho saltar del asiento.

Bendición

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Carne de mi carne, sangre de mi sangre

“Carne de mi carne,  sangre de mi sangre” habla de la maldad, de cómo esta es capaz de corporeizarse, de cómo sigue un camino trazado con precisión, malicia y paciencia. La maldad sabe esperar, siembra sus semillas y luego siega los frutos con crueldad a su debido tiempo.

Uno de los viajeros se gira, se da la vuelta; yo voy en la parte de atrás y desde allí los puedo ver a todos. El corazón me da un vuelco. Se trata de una mujer, una mujer joven y bonita. Saca medio cuerpo de la butaca en la que está sentada. Me mira, tiene unos ojos violetas que me penetran. Viste de una manera inusual, a la antigua. Hasta su peinado se me antoja fuera de tiempo, sacado de una película de los años cincuenta.

La luz del sol, se apaga un poco más. Entra fantasmal a través de las ventanas llenas de polvo y resecas salpicaduras de lluvia.

El estómago se me revuelve en un ataque repentino de náuseas. Hay algo en la mujer que se me hace familiar.

Solo me mira. Fijamente. Su sonrisa se evapora.

“No vayas”.

Eso es lo que leo en sus labios, unos labios pintados de un rojo carmesí pasado de moda.

“No vayas”.

Sí, eso es lo que dice.

Nadie de la media docena restante de viajeros le hace caso, solo yo.

Envejece. Sí, no hay otra manera de decirlo, la mujer ha comenzado a envejecer a ojos vista. Primero unas leves arrugas en las comisuras de sus labios, en sus ojos; luego su pelo ha ido encaneciendo, su rostro se consume, adelgaza, se afila. Y es entonces cuando la reconozco. Es la persona del sueño.

Es mi abuela.

“No vayas”.

La piel se pega a sus mejillas, reseca; su mirada ha cambiado, la sonrisa se ha evaporado dando paso a una mueca de lástima, de miedo.

Ahora es una anciana que se repliega sobre sí misma, que se consume, una vieja que desencaja una mandíbula desdentada para expresar un postrero “no vayas”. Al final, cuando la descomposición casi ha finalizado, no es más que un cuerpo muerto, su ropa se pudre, su carne se disuelve, se desmorona… escucho el llanto de varios bebés.

Carne de mi carne

Mientras llueve en la ciudad

“Mientras llueve en la ciudad” es, junto a “Bendición” y “Carne de mi carne, sangre de mi sangre”, él último de los tres relatos inéditos que inician la antología.

En él el mal es húmedo, se transforma en un elemento cotidiano, lo domina, lo convierte en una herramienta que golpea en los momentos más inesperados, cuando  uno piensa que no hay lugar ni momento más seguro. Como el agua, el mal se introduce y filtra en cualquier sitio, contamina, ensucia y desintegra.

—Hay días así. Días que uno no sabe si han nacido malditos. La gente hace las cosas más insospechadas. La casualidad,  la más negra casualidad campa a sus anchas. Son días en los que los supersticiosos pasan miedo, y los que no lo somos comenzamos a pensar en que de verdad existe algo denominado mal. Sí, un mal incorpóreo, pero real, activo. Una fuerza cruel que disfruta con el sufrimiento, que goza sembrando el caos.

»¿Sabe qué es lo primero que tiene que meterse en la cabeza un policía? Que el mal no existe, que solo son los hombres, las mujeres, los niños y sus circunstancias. Que determinadas circunstancias, unidas a otros factores… factores ambientales los llaman los psicólogos… circunstancias en las que cualquiera es capaz de llegar a lo más negro de su alma, matar a su amigo, violar a su hermana son lo esencial. Porque el mal no existe. No señor.

“Pero hay días que dudo”.

Mientras llueve en la ciudad

Mako

“Mako” tuvo la suerte extraña de nacer en el número final de la revista Miasma. ¿Buena? ¿Mala? Los lectores decidirán. “Mako” se adapta mejor que ningún otro relato al esquema de un cuento clásico de fantasmas, una adaptación moderna, peculiar.

El mal se sostiene  en extrañas relaciones, fomenta simbiosis entre elementos de lo más variopinto, pero también abusa de aquello que aparenta ser de lo más natural, como una relación del perro con su amo.  Simbiosis que infecta, claro, cualquier entorno, incluido el familiar.

Creo que mi progenitor nunca me acarició, estoy seguro de que jamás recibí un beso de sincero cariño, un mimo, algo que me indicase que en el fondo hubiera algo dentro de ese hombre, una simple célula que demostrara que sentía algo de amor por mí. Todo cuanto la lógica decía que debíamos recibir nosotros, se lo llevaba Mako: cariño, arrullos y reconocimiento. La poca alegría que agitaba ese corazón calculador y vengativo provenía y regresaba a aquel bicho maldito.

Sin embargo, las cosas al final se ponen en su sitio. No creo en el destino, me niego, hacerlo sería quitarle responsabilidades a quien las acapara todas, pero a veces siento la tentación de hacerlo. Quien es insensible por naturaleza, aunque haya una excepción, en el momento de la verdad, termina por serlo hasta con esa mínima excepción.

Una noche, lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo, recibimos con silencioso, con bien guardado alborozo, la noticia de que Mako se estaba muriendo. Nuestro padre, compungido y afectado, vino hasta el salón, se sentó delante de nosotros con el pelo revuelto y los ojos ahogados en senos grises, apagó el televisor y se nos quedó observando con la mirada perdida. Estábamos viendo nuestra serie favorita. Marta, mi hermana, amagó un bufido de protesta, un gesto que fue oportunamente cortado en seco por un sopapo seco y certero que dejó tres líneas púrpuras en su mejilla.

—Mako se muere —nos dijo.

La vieja, muy vieja Betty

“La vieja, muy vieja Betty” apareció en un número especial de la revista Historias Asombrosas que se distribuyó entre los asistentes al festival de cine fantástico y de terror de Sitges. Fue un medio encargo. En él había que entroncar el festival y nuestra creatividad más chispeante y aterradora. A decir verdad hubo éxito.  Betty es la viejecita que a todos nos gustaría conocer, esa anciana con un pasado jugoso por un lado, perturbador y siniestro por otro.Betty se sentó en su butaca. De nuevo, con manos temblorosas le echó un vistazo a la carta que le había llegado pocos días antes. No la leyó. Se limitó a acariciarla, a olerla con expresión encandilada, como si todo por lo que hubiera luchado, todo por lo que hubiera vivido, estuviese alambicado e impregnado sobre ese papel.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.

El aire olía a naftalina, a perfume barato. La única ventana estaba cubierta con una gruesa cortina de brocado púrpura; por una rendija entraba un efímero rayo de sol. El polvo en suspensión lo solidificaba. El suelo estaba cubierto de alfombras apolilladas, las paredes de estanterías y los muebles eran de madera maciza. Todo plagado de objetos, todo invadido por recuerdos de todo tipo, nexos que la unían a una época amable, loca y esplendorosa. Había fotos de Betty con Carol Lombard, con John Huston., con Bela Lugosi…, hasta con Gary Cooper; algunas firmadas, otras groseramente trucadas componiendo un hermanamiento dispar y artificial. En ciertas ocasiones, el engaño es una forma peculiar de acentuar el valor de lo real. Todo alrededor daba sensación de ahogo, de apelotonamiento, pero para la vieja esa opresión era vida, como el calor enfermizo que necesita una orquídea salvaje para seguir viviendo en cautividad.

La necesidad del dolor

“La necesidad del dolor” apareció en el número especial Nocte de la revista Sable (agradecer el trabajo de Fermín Moreno, su editor: amigo y compañero, uno de los últimos editores con valor para seguir publicando este tipo de revistas en España)

Este relato es quizá el más impactante de la serie: corto, intenso, sangriento, aún cuando al autor no le gusta abusar de esos efectos.

Nada lo define mejor que la expresión, entre aterrada e incrédula,  que puso la esposa del autor tras leerlo…, las palabras que dijo: “¿esto lo ha escrito el hombre con el que me casé?”.La culpa es un ácido que corroe nuestro entendimiento con la lentitud del buen depredador. Sabe dónde ejercer su influencia, mutando la cordura en delirio. Busca el trastorno y la enajenación, insufla los vapores de la locura en cada inspiración. De alguna forma busca un orden, viciado sí, que restaure un cierto equilibrio y para ello no tiene reparos en usar las mayores incoherencias, los disparates más obvios, pues estos, a la luz de la angustia y el remordimiento, se convierten en brillantes soluciones.

Una idea se activó en su mente:

Lucas no podía haber muerto. Una madre no mata a su retoño. Es imposible.

Lucas no estaba muerto en realidad.

Lucas estaba ahí fuera; el Lucas de aquí dentro era una mera carcasa. Y ese otro Lucas la llamaba, la buscaba. Estaba perdido y tenía que encontrarla.

Al fin y al cabo era su madre, una madre que lo amaba con pasión.

Una madre lo da todo por su hijo.

Estoy aquí, Lucas. Búscame, encuéntrame.